• John Hincapié

Drogas y sexo ¿Placer o compulsividad?

Actualizado: 23 de oct de 2020

¿Cuál sería el límite? ¿Quién pone los límites? Cuando el sexo y la drogas son elecciones conscientes y no responden a la necesidad de llenar el déficit y la carencia existencial, cada quien desarrolla el tacto y pone su propio límite.

John Hincapié es psicólogo y el responsable de los servicios de psicología en Salud Diversa.


El sexo y las drogas proporcionan placer evidentemente, son la mezcla selecta de dos prácticas hedonistas por excelencia. Sexo y drogas son toda una explosión orgásmica de un éxtasis inigualable, un trance de otro mundo.


El sexo y las drogas también deforman nuestra imagen y patrones de relacionamiento para poder agradar a los otros, porque cuando estamos drogados nos podemos olvidar de la miserabilidad que producen nuestros miedos afectivos y emocionales, digo deformación porque tal vez nunca nos preguntamos si esa imagen y modos de relación son los que en verdad queremos proyectar genuinamente o solo responden a la necesidad de complacer a los otros para conservar sus vínculos sexo-afectivos y no sentir la vacuidad angustiante de nuestra propia soledad existencial.


No importa si sentimos una constante insatisfacción con la vida, siempre y cuando las drogas y el sexo nos ayuden a olvidar que tan perdidos estamos con nosotros mismos; podemos sumergimos en un paraíso de erotismo desenfrenado para olvidarnos del miedo que nos produce el cuestionarnos por el sentido vital de nuestra existencia, preferimos estar absorbidos en todo esto que lidiar con el tedio de las preguntas existenciales que se nos suscita frente a nuestra propia soledad.


Entonces podríamos formularnos varias preguntas ¿Nos drogamos por placer? ¿Tenemos sexo desenfrenado por placer o porque queremos caer en un éxtasis total para olvidarnos de nuestra soledad existencial? No se trata de patologizar y estigmatizar el sexo desenfrenado y el consumo de sustancias. Cuando estas prácticas son conscientes, responden a la necesidad de otorgar placer a la vida, pero cuando recurrimos a ellas por escapar de la angustia y el displacer se vuelven neuróticas, compulsivas y adictivas.


¿Cuál sería el límite? ¿Quién pone los límites? Cuando el sexo y la drogas son elecciones conscientes y no responden a la necesidad de llenar el déficit y la carencia existencial cada quien desarrolla el tacto y pone su propio límite; si la gente aprende a tomar bebidas alcohólicas con inteligencia, también puede aprender a drogarse y tener sexo seguro de manera inteligente; cada quien puede desarrollar su propio tacto y marcar sus propios limites, por eso el sexo y las drogas pueden ser una experiencia consciente, pero también pueden ser una experiencia autodestructiva y devastadora, porque las sustancias pueden servir para aniquilar el dolor de vivir; cuando la vida pesa, no hay limites si las drogas sirven como paliativo para anestesiar el dolor de vivir.


El dolor de vivir se origina en el displacer ¿Es posible escapar del displacer? ¿Qué nos produce displacer? Sentimos displacer cuando nos sentimos solos, cuando enfermamos, porque queremos estar sanos siempre; no queremos envejecer, queremos vernos bellos y jóvenes siempre, ni siquiera queremos pensar en la muerte porque no queremos morir, entonces gastamos todas nuestras energías en evitar lo inevitable, consumimos todos nuestros recursos físicos, mentales y emocionales en escapar de lo imposible.


¿Entonces nos drogamos por placer o por miedo? ¿Nuestro sexo desenfrenado es un intento compulsivo de anestesiar el dolor de la soledad o es una elección consciente y verdaderamente satisfactoria? El debate aquí no sería satanizar estas prácticas hedonistas, no se trata de tener un posicionamiento moral frente a esto, la pregunta es: ¿Cuál es la verdadera motivación de estas prácticas? Si las realizamos por necesidad de escape para combatir el displacer, ahí está el carácter compulsivo y adictivo que esclaviza nuestra existencia. Queda claro entonces que el dolor y el displacer no está en aceptar estas grandes verdades de la vida, sino en todo lo contrario el dolor y displacer está en la negación, el apego y el aferramiento en negar estas grandes verdades. El dolor es querer evitar lo inevitable.

¿Qué hacer con todo esto? Habrá que tomar el toro por los cuernos y no seguir refugiándolos cobardemente en los placeres hedonistas y compulsivos, que el hedonismo sea una elección consciente y satisfactoria y no una esclavitud consumista, es una posibilidad. Diría que si estamos solos, estamos solos y podemos saborear esa soledad en lugar de combatirla, llegar al abismo y el atolladero de nuestra propia existencia permitirá descubrir que hay algo más allá del miedo.


Si enfermamos debemos aceptar nuestra propia fragilidad en lugar de querer ser inmunes eternamente, tenemos que envejecer algún día y morir aunque para morir no necesitamos envejecer, pues la única condición para morir es estar vivos. En la vida también podemos estar solos y encontrar en la soledad una elección y no un síntoma o padecimiento neurótico, pensemos en la muerte de manera constructiva, nada nos conecta más con el sentido de la existencia cuando sabemos que la vida realmente es corta y en cualquier momento nos podemos morir. Cuando realmente nos abramos a la experiencia del displacer que produce todo esto, nos daremos cuenta que en la puerta del displacer está la llave hacia nuestra propia libertad, porque poco a poco vamos rompiendo miedos y dejamos de ser esclavos del hedonismo y la compulsividad neurótica y consumista que nos distraen para poder negar estas grandes verdades de la vida.


Foto de Maurício Mascaro en Pexels

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